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SALUD CARDIOVASCULAR E INGREDIENTES FUNCIONALES DE LA DIETA

Jesús Román Martínez Álvarez

Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid.
Presidente de la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación (SEDCA).  

En los países desarrollados, e incluso en aquellos en vías de desarrollo, la preocupación de las autoridades sanitarias es creciente en lo que se refiere a las principales causas de mortalidad. La verdadera novedad en este ámbito durante los últimos años es la tendencia a considerar las patologías más frecuentes (obesidad, cardiopatía isquémica, hipertensión, diabetes, osteoporosis…) no como sucesos aislados e independientes, sino más bien como distintas caras de una moneda demasiado frecuente: un estilo de vida inadecuado que se extiende durante gran parte de la vida del paciente e, incluso, desde su infancia o la época perinatal. En este estilo de vida, que propiciaría la aparición y el aumento de la mortalidad y morbilidad por las patologías citadas, serían determinantes la composición del conjunto de la dieta (incluyendo la presencia o no de determinados elementos no nutritivos) y el grado de actividad física.

Esta visión conlleva un modo específico de intervenir para mejorar la salud de la población: favorecer estilos de vida saludables incorporando dietas más adecuadas a las necesidades individuales, junto con la recomendación de practicar ejercicio de forma regular e implantar la pertinente educación para la salud desde la escuela en edades tempranas.

Hay que tener en cuenta que la OMS y la FAO estimaron que en el año 2001 las enfermedades crónicas representaron aproximadamente el 59% de los 56,5 millones de defunciones comunicadas en todo el mundo y el 46% de la carga de morbilidad mundial (1). Además, recalcaban, la carga que suponen las enfermedades crónicas (entre ellas las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y la obesidad) aumenta rápidamente en todo el mundo.

En el mismo informe figuraban sugerencias concretas para modificar la dieta cotidiana y aumentar el gasto de energía mediante:

  • Reducción de los alimentos muy energéticos ricos en grasas saturadas y azúcar.
  • Disminución de la cantidad de sal en la dieta.
  • Aumento de la ingestión de frutas y hortalizas frescas.
  • Práctica de actividad física moderada durante, por lo menos, una hora al día.

El informe destacaba que las enfermedades crónicas no son sólo consecuencia de una ingestión excesiva de alimentos, sino también del desequilibrio del conjunto de la dieta.

La difusión de esta manera de enfocar la prevención de las patologías más relevantes supone un refuerzo a la, a menudo, insuficientemente valorada propuesta de dietas equilibradas, variadas, razonables y adaptadas a las características de las personas y su medio. De este modo, recomendar el consumo diario de frutas y de hortalizas, el consumo regular y frecuente de pescado y de legumbres, etc., en cantidades y preparaciones culinarias adecuadas, debe ser un factor decisivo en la promoción de la salud (en su sentido más amplio, entendido como ausencia de enfermedad y bienestar físico y psíquico).

Inevitablemente, la investigación científica, que ha revalorizado el papel sobre la salud del conjunto de la dieta a lo largo de la vida del individuo, ha tenido que profundizar en la presencia de ciertos elementos y sustancias que parecían especialmente importantes cuando se encontraban presentes. Estas sustancias (fibra alimentaria, fitoquímicos, ciertos tipos de ácidos grasos) pueden tener, en efecto, un papel destacado para la salud, siempre en el contexto de esa dieta variada y equilibrada.

Siendo la enfermedad cardiovascular una de las causas más importantes de mortalidad en las sociedades modernas, estos elementos de la dieta que acabamos de citar cobran un especial significado por sí mismos o tras su incorporación a otros alimentos como ingredientes funcionales, como detallamos a continuación.

Fibra alimentaria

Tal vez sea uno de los elementos de origen vegetal más conocidos e investigados, a pesar de que aún desconocemos mucho sobre ella. A partir de la década de los cincuenta, se ha trabajado en torno a su posible papel sobre la fisiología intestinal. Precisamente, un producto rico en fibra fue el primero en ser autorizado en EE. UU. al incluir en su etiquetado una declaración de efectos sobre la salud. En efecto, el camino a lo que hoy llamamos «alimentos funcionales» lo había abierto en 1984 la empresa Kellogg’s, que usó una declaración no autorizada sobre el efecto de la fibra sobre la salud en el etiquetado de sus productos. En 1997, solicitó a la Food and Drug Administration (FDA) de EE. UU. Autorización para utilizar una declaración de efectos sobre la salud según la ley sobre etiquetado nutricional (2).

Las primeras definiciones de fibra alimentaria la caracterizaban según su digestión en el aparato gastrointestinal e incluían a la celulosa, hemicelulosa, pectina, lignina, gomas y mucílagos (3). Con los años, esta definición ha ido modificándose para incorporar otros elementos como la cutina, las ceras, el almidón resistente… En cualquier caso, lo que sí está claro es que su actividad fisiológica va más allá de lo que indicarían (4) sus componentes aislados (fibra aislada o purificada).

Propiedades físicas y efectos fisiológicos

Los efectos fisiológicos de la fibra tienen, en definitiva, poco que ver con su composición química. De hecho, su conocimiento ha avanzado más gracias a la comprensión de sus propiedades físicas:

  • Capacidad de retención de agua. Indica la potencial capacidad de retener agua en su matriz y, en consecuencia, de aumentar el peso de las heces. La fermentación en el colon puede modificar esta capacidad medida in vitro, además de contribuir al aumento de la masa bacteriana intestinal. Retienen más agua (5) las fibras de tipo soluble (pectina y gomas) que las insolubles (celulosa).
  • Viscosidad. Ciertas fibras pueden formar soluciones de elevada viscosidad, como en el caso de las pectinas, gomas y mucílagos.
  • Sensibilidad a la fermentación. El grado y la velocidad de fermentación en el intestino grueso dependen del tipo de fibra, de la flora existente y de su forma de llegada al intestino (aislada o en el conjunto de un alimento). En general, la fibra insoluble es la más resistente y la más fermentable es la soluble. Una de las consecuencias de la fermentación es la liberación al medio de ácidos grasos de cadena corta: butirato, acetato, propionato. /li>
  • Unión a los ácidos biliares. Depende de factores como la solubilidad de la fibra y el pH del medio.
  • Capacidad de intercambio catiónico. Variable según el tipo de fibra.

Como consecuencia de estas propiedades, se producen unos efectos fisiológicos de gran relevancia:

  • Reducción del colesterol en el plasma. Los estudios al respecto han propiciado que esta capacidad sea actualmente muy conocida y que podamos resumirla como sigue: la fibra hidrosoluble reduce el colesterol plasmático, por lo que el consumo de alimentos ricos en ella, como el salvado de avena y de cebada, las legumbres y las hortalizas, puede ser eficaz al conseguir reducciones de colesterol en plasma del 5%-25% (6) que afectan sobre todo a las lipoproteínas de baja densidad, con escasos cambios en las de alta densidad. La fibra no hidrosoluble apenas tiene efecto. El mecanismo por el que esto sucede no es conocido en profundidad, aunque puede relacionarse con la interferencia provocada en el ciclo enterohepático de los ácidos biliares, interferencia por la que se aumenta la excreción de colesterol y disminuye su reabsorción (7). Otros autores señalan el freno en la absorción del colesterol exógeno (8), en la modificación provocada por la fibra en la síntesis de colesterol (9) o por el efecto de los ácidos grasos liberados en la fermentación colónica, inhibiendo la síntesis de ácidos biliares.
  • Modificación de la respuesta glucémica. Es un hecho suficientemente demostrado que la administración de ciertas fibras hidrosolubles reduce las respuestas glucémica e insulinémica posprandiales (10).
  • Cambios en la funcionalidad del intestino grueso. La ingestión de fibra puede repercutir en la fisiología intestinal de diferentes modos: disminuyendo el tiempo de tránsito, aumentando el peso total de las heces y modificando el sustrato disponible para la flora intestinal. Esto último nos puede dar una idea de la complejidad de los efectos de la fibra, al implicar aspectos como la ecología microbiana y los distintos metabolitos producidos. Actualmente, sabemos que la inmunidad general del organismo y la defensa ante ciertos tipos de cáncer pueden tener mucho que ver con este delicado equilibrio de la microflora intestinal, muy influida por el sustrato de que dispone (la fibra).
  • Cambios en la disponibilidad de nutrientes. La fibra puede afectar a la actividad enzimática presente en la luz del intestino y, por lo tanto, modificarse la digestión y absorción de proteínas, carbohidratos y grasas. Así, se ha descrito la inhibición de la lipasa pancreática, de la amilasa y de la proteasa. Sobre las vitaminas y su absorción no parece que la fibra ejerza ningún efecto (11). La fibra hidrosoluble, especialmente la de tipo más viscoso, puede retrasar la velocidad de digestión y la de absorción de ciertos nutrientes sin afectar a la cantidad total finalmente absorbida. Esto puede afectar de un modo no del todo conocido a la disponibilidad de nutrientes para ciertos órganos e incluso a la liberación de hormonas como respuesta a la dieta (12). Asimismo, la presencia prolongada de fibra en la dieta modifica la morfología del intestino delgado (13).

Actualmente, ciertos carbohidratos, algunos de ellos considerados como fibra, han adquirido una gran relevancia al relacionarse con la prevención de diferentes patologías y al haber sido introducidos como ingredientes funcionales en numerosos productos alimenticios por los fabricantes. Se trata de los denominados prebióticos: sustancias de origen vegetal que, incorporadas a la dieta, llegan al intestino y pueden servir de sustrato y, por lo tanto, como promotores de su crecimiento, a las bacterias allí presentes. En este caso, las bacterias que denominamos probióticas ven claramente favorecido su desarrollo y crecimiento con la presencia de ciertos hidratos de carbono y de otras sustancias como la lactosa (14) que, en conjunto, hemos llamado prebióticos. En efecto, la relación entre dieta, metabolismo de colon y salud está aún lejos de ser clara, pero la administración de prebióticos parece prometedora en relación con su capacidad de modular la composición de la flora intestinal, motivo por el cual los prebióticos podrían beneficiar el metabolismo del colon. El que estos cambios, además, puedan afectar a la salud está por confirmar en la mayoría de los casos (15).

Como recurso nutritivo (prebiótico) más adecuado para los probióticos, la mayor parte de los estudios se decanta por los fructoligosacáridos (FOS), seguidos de la oligofructosa y la maltodextrina. También poseen propiedades fisiológicas el almidón resistente y la polidextrosa. Todos estos carbohidratos se encuentran naturalmente presentes en alimentos como trigo, cebollas, plátanos, miel, ajo, achicoria… Su fermentación conlleva el aumento de bifidobacterias en el colon (16), aumento de la absorción de calcio y del peso de las heces, acortamiento del tiempo de tránsito intestinal y, posiblemente, una disminución del nivel de lípidos sanguíneos. Así, la administración de fructoligosacáridos (fructanos) parece disminuir el colesterol y los triglicéridos a nivel sérico o hepático (17); este efecto puede deberse a la modulación de la insulina y de la glucemia mediada por las incretinas intestinales (18). En cualquier caso, no está muy claro el posible efecto positivo sobre el colesterol en humanos, ya que se requieren dosis muy elevadas para que se produzca un efecto significativo (19).

Ácidos grasos

En la actualidad conocemos su papel en la fisiología humana, que desde luego va más allá de su carácter meramente energético y que está estrechamente relacionado con las membranas celulares y el metabolismo de sustancias activas (prostanoides, leucotrienos, etc.). Sin duda, una de sus propiedades más estudiadas son los posibles efectos de algunos ácidos grasos sobre el metabolismo de los lípidos. Podemos, de este modo, hacer una distinción entre los efectos sobre los lípidos sanguíneos de los diferentes ácidos grasos:

  • Omega-9. En la actualidad, sabemos que una dieta rica en este tipo de ácidos tiene un efecto protector frente a las enfermedades cardiovasculares, ya que produce un aumento de las lipoproteínas de alta densidad y disminuye las de baja densidad. El efecto se muestra también, como consecuencia, sobre el colesterol total, que disminuye en aquellas dietas (20) con alimentos ricos en ácidos grasos omega-9. Asimismo, dietas ricas en ácido oleico –en comparación con otras ricas en poliinsaturados– dan lugar a una menor tendencia a la modificación oxidativa, que marca en gran medida la capacidad aterogénica de las LDL.
  • Omega-6. Los más destacados son el ácido linoleico y el ácido araquidónico. Los efectos fisiológicos que se han descrito son de menor importancia que para los omega-3. Es muy importante señalar la adecuada proporción que debiera existir en nuestra dieta en la ingestión de ácidos grasos omega-6 y omega-3: entre 5/1 y 10/1. En España, la ingestión de estos ácidos grasos está poco compensada, obteniendo un 0,5% de la energía total ingerida a través de los ácidos grasos omega-3 y un 4% merced a los ácidos grasos omega-6.
  • Omega-3.Destacan entre ellos el ácido linolénico, el eicosapentanoico (EPA) y el docosahexaenoico (DHA). Es sobradamente conocido el hecho de que fue estudiando a la población esquimal y su salud cardiovascular como se empezó a conocer su efecto.

Los últimos estudios sobre su fisiología han demostrado un efecto positivo sobre el riesgo de padecer ciertas enfermedades, entre las que podemos destacar las cardiovasculares (20), inflamatorias, dérmicas y ciertos tipos de cáncer (21). Asimismo, la ingestión de cantidades adecuadas de ácidos grasos omega-3 se ha revelado esencial en etapas de la vida como el embarazo, la lactancia y el desarrollo y crecimiento infantil en todas sus etapas (22).

Fitoquímicos

La presencia de sustancias biológicamente activas en los alimentos de origen vegetal es conocida desde antiguo (por ejemplo, las plantas de uso medicinal), pero su interés ha crecido enormemente en los últimos años a raíz de las numerosas investigaciones realizadas sobre su posible papel como ingredientes funcionales de los alimentos, papel que permitiría a los fabricantes dotar a sus productos de un efecto beneficioso para la fisiología del consumidor que los ingiriese.

Entre las sustancias de este tipo más interesantes destacaremos los antioxidantes (polifenoles, figura 1) y los esteroles. Pese a todo, el conocimiento de estos elementos es aún bastante incompleto habida cuenta de su cantidad, así como de la dificultad de aislamiento e identificación. La complejidad de los fitoquímicos aumenta si tene-mos en cuenta que, a menudo, estas sustancias están presentes en número de decenas o centenas en los alimentos, frecuentemente mezcladas con otros fitoquímicos, con fibra alimentaria, con distintos ácidos grasos, etc., por lo que es muy complicado deducir a cuál de ellas (o sus combinaciones) se debe el posible efecto fisiológico detectado.


Figura 1. Polifenoles: estructura química.

 

En consecuencia, es muy difícil identificar cuál es el «principio activo» que tiene una actividad fisiológica en el organismo humano más allá de su valor nutricional, dificultad que se extiende a su aislamiento y a la misma posibilidad de incorporarlo purificado y activo como ingrediente funcional a otros alimentos. Actualmente, hay una reducida serie de fitoquímicos cuyo efecto sobre la fisiología humana en las dosis y frecuencia de consumo adecuadas es reconocido (tabla 1); por el contrario, para muchos otros elementos tradicionalmente presentes en la dieta, en particular en la mediterránea, no existe consenso sobre su eficacia ni posibles efectos (tabla 2), tal vez porque en los países anglosajones, y especialmente en EE. UU., su importancia sea menor.

Tabla 1. Declaraciones de propiedades saludables autorizadas por la FDA de EE.UU. bajo la regulación de la Ley sobre etiquetado y educación nutricional

Calcio y osteoporosis

Grasa alimentaria y cáncer

Sodio e hipertensión

Grasa saturada, colesterol y enfermedad coronaria

Productos a base de cereales con fibra, frutas y hortalizas y cáncer

Productos a base de cereales con fibra, particularmente fibra soluble, frutas y hortalizas y enfermedad coronaria

Alimentos con fibra de Plantago psyllium y enfermedad coronaria

Alimentos con fibra de productos de avena integral y enfermedad coronaria

Frutas y hortalizas y cáncer

Folato y defectos del tubo neural

Azúcar y caries dental

Proteína de soja y enfermedad coronaria

Esteroles vegetales o ésteres de estanol y enfermedad coronaria

 

Tabla 2. Algunos alimentos fisiológicamente activos que carecen de «declaraciones de propiedades saludables» aprobadas por la FDA de EE.UU.

Alimento

Componente bioactivo

Reducción del riesgo; posible beneficio fisiológico

Uvas

Resveratrol

Mejora de la salud cardiaca, cáncer

Ajo, cebolla

Compuestos sulfurados

Lipidemia, riesgo de cáncer, presión arterial

Brécol y crucíferas

Indoles, isotiocianatos

Cáncer

Tomates

Licopeno

Cáncer

Chocolate

Polifenoles

Antioxidante

Arándanos

Proantocianidinas

Infecciones urinarias

Almendras

Vitamina E, arginina

Cardiopatías

Catequinas

Cáncer, cardiopatía

Soja

Isoflavonas

Síntomas posmenopáusicos, osteoporosis

Cítricos

Limonoides

Cáncer

Alcachofas

Fructoligosacáridos

Enfermedades de origen gastrointestinal

Semillas de lino

Lignanos

Cáncer

Carne de vacuno, lácteos

Ácido linoleico conjugado

Cáncer

Lácteos fermentados

Probióticos

Cáncer, patologías gastrointestinales, mejora de la función inmune

 

Proteína de soja

La declaración de reconocimiento de las propiedades saludables de la proteína de soja es, tal vez, una de las más conocidas por el público en general de diferentes países. En efecto, la FDA permite a los fabricantes que incorporan este ingrediente en sus productos indicar que «las dietas pobres en grasa saturada y colesterol que incluyen 25 g/día de proteína de soja pueden reducir el riesgo de cardiopatía», y son numerosas y actualizadas las referencias científicas en torno a sus efectos sobre los lípidos sanguíneos (23), incluso adicionada la proteína de soja a diferentes alimentos (24).

Polifenoles

La actividad antioxidante de los polifenoles es también conocida desde hace tiempo, así como sus posibles efectos sobre la salud. Destacan en la bibliografía su efecto protector frente a la aparición de diferentes tipos de cáncer y, especialmente, su capacidad de reducción del riesgo cardiovascular (25). Esta acción parece demostrada tanto si los polifenoles son ingeridos en su forma natural (sólo como flavonoides se han descrito más de 4000 especies químicas), presente en una gran diversidad de alimentos vegetales (26), como en forma de bebidas no destiladas: cerveza, vino y sidra (27). El estudio epidemiológico de Zutphen (28) resulta lo suficientemente ilustrativo al respecto tras haber estudiado el consumo de flavonoides presentes en la dieta de más de 800 varones de entre 65 y 84 años de edad, habiéndose encontrado una disminución de cerca del 70% en la mortalidad por enfermedad cardiovascular entre los percentiles más altos (>29 mg/día) de consumo y los más bajos (<19 mg/día).

Esteroles vegetales o fitosteroles

Quizá sean los fitoquímicos más estudiados en los últimos años, dado su interés industrial y sanitario (figura 2). En efecto, desde hace más de 40 años es conocida su capacidad para reducir las concentraciones plasmáticas de colesterol (29), efecto que hemos ido conociendo mejor a medida que nuevos estudios se han ido sumando a las primeras investigaciones.


Figura 2. Fitosteroles: estructura química

Los esteroles son componentes esenciales de las membranas celulares animales y vegetales. Los de origen vegetal (fitosteroles) son químicamente similares al colesterol, del que difieren únicamente en un grupo metilo o etilo en su cadena lateral. Su mecanismo de acción parece radicar en la competencia con el colesterol de la dieta y el biliar para su absorción intestinal. Para su adición a productos alimenticios, los esteroles vegetales son esterificados a menudo con ácidos grasos para, de este modo, mejorar su solubilidad en las grasas de los alimentos y aumentar su eficacia.

En la dieta occidental, los esteroles vegetales están presentes en cantidades que oscilan entre los 160 y 360 mg/día. Entre los esteroles vegetales destacan como más importantes el campesterol, el beta-sitosterol y el estigmasterol. Cuando los esteroles se saturan por hidrogenación obtenemos estanoles como el campestanol y el sitostanol (30), naturalmente presentes en la madera de pino. Los estanoles son menos frecuentes en las plantas que los esteroles. Todos ellos deben ser ingeridos en la dieta, ya que el organismo humano no puede sintetizarlos.

En comparación con el colesterol, esteroles y estanoles se absorben menos (alrededor de un 5% de media) y son eliminados con mayor rapidez por la bilis, por lo que su concentración sanguínea es menor (100 veces menos que el colesterol circulante). Así, del colesterol ingerido (31) se absorbe alrededor de un 33%, del campestanol un 13%, del campesterol un 10%, del estigmasterol un 5% y del sitosterol un 4%. El sitostanol apenas se absorbería. Sin embargo, los esteroles y estanoles tienen mayor afinidad por las micelas que el colesterol, debido a su gran hidrofobicidad. En consecuencia, pueden desplazar fácilmente al colesterol de las micelas (32) en la luz intestinal, reduciéndose entonces la absorción de éste (33). La consecuencia es un aumento en la síntesis endógena del colesterol con un resultado neto final que significa la reducción del colesterol-LDL circulante. Otros mecanismos adicionales de actuación de los esteroles vegetales podrían ser la limitación de la solubilidad intestinal del colesterol y la disminución de la hidrólisis de los ésteres de colesterol en el intestino delgado (34).

Esteroles vegetales y colesterolemia

Existen numerosos ensayos clínicos en los que se demuestra la capacidad hipocolesterolemiante de estas sustancias en poblaciones adultas moderadamente hipercolesterolémicas. La acción es dosis dependiente: aproximadamente 2 g diarios producen una reducción de las LDL de 15-20 mg (35), y su acción es más eficaz en personas adultas que en jóvenes. No se encuentra efecto sobre las HDL ni sobre los triglicéridos. Esta actuación, además, parece ser independiente de la cantidad de grasa saturada y total de la dieta ingerida. En cualquier caso, para que la disminución del colesterol sea significativa en la mayor parte de los pacientes, es necesario aumentar la dosis ingerida de esteroles vegetales. Por este motivo, se han incorporado los esteroles vegetales a una margarina y a una bebida con leche desnatada y aceites vegetales. En consecuencia, la ingestión diaria de 1,5-3 g de esteroles vegetales puede producir una disminución del colesterol-LDL del 10%-15%, siempre en el marco de una alimentación variada y equilibrada donde las frutas y hortalizas tengan una especial relevancia.

También es necesario señalar que dosis superiores a 3 g diarios no producen disminuciones adicionales de colesterol. Según el Reglamento CE258/97 de nuevos alimentos e ingredientes alimentarios, los productos citados (al aportar a la dieta de sus consumidores más esteroles vegetales de los que ingerirían habitualmente) han debido solicitar autorización previa a su comercialización en Europa.

Asimismo, se ha demostrado su eficacia en pacientes con hipercolesterolemia familiar heterocigota (36), incluidos los pacientes infantiles (37). El efecto hipocolesterolemiante de los esteroles vegetales añadidos a una base grasa (margarina) se ha comprobado también en pacientes diabéticos no insulino-dependientes, así como en pacientes de alto riesgo por haber padecido previamente infarto agudo (38).

Otros estudios aportan algunas observaciones de particular interés. Por ejemplo, un tema que ha causado cierta controversia es la relación entre la frecuencia de consumo de los esteroles vegetales y su efectividad. Según la evidencia científica, parece ser que la ingesta de esteroles vegetales en pequeñas cantidades a lo largo del día consigue una mayor reducción del colesterol-LDL plasmático que si se hace una sola toma de una cantidad superior (39).  Su efecto beneficioso, asimismo, se extiende incluso a dietas pobres en grasa y en colesterol (40) y es eficaz no sólo cuando se añaden los esteroles vegetales como ingredientes funcionales a ciertos alimentos, sino también cuando forman parte de manera natural de la dieta (41).

Actualmente, el estudio de los esteroles vegetales se extiende a otras áreas de gran interés, como también su posible efecto preventivo ante ciertos tipos de cáncer (42) y su posible papel en la prevención del crecimiento de la placa de ateroma al disminuir la producción de prostaglandinas (PGE2 y PGI2) en macrófagos cuando éstos incorporan los esteroles vegetales en su membrana celular.

Señalaremos al respecto que, al margen de sus efectos beneficiosos, se puede obtener una reducción de la concentración plasmática de carotenos cercana al 10%, un efecto poco deseable que se puede compensar con una mayor ingestión de frutas y verduras frescas (una ración diaria de hortalizas guisadas, además de una ensalada y de varias piezas de fruta o sus zumos). Esta disminución se produce por cuanto ciertos nutrientes (los citados carotenos y también los tocoferoles) se transportan en el plasma merced a las lipoproteínas. Al disminuir las partículas circulantes de LDL, puede reducirse también la presencia en plasma de carotenoides y tocoferoles. No se observan, sin embargo, cambios en las concentraciones plasmáticas de retinol, vitamina D y K. En cualquier caso, es necesario avanzar más en el conocimiento de estos efectos para poder recomendar dosis eficazmente hipocolesterolemiantes sin que se vean afectadas las concentraciones plasmáticas de carotenoides y tocoferoles en el caso de mujeres grávidas, en la lactancia y en niños (43).

También es recomendable realizar más estudios sobre la eficacia del efecto de los fitosteroles cuando se incorporan a diferentes bases o productos alimenticios. Así, sabemos que su capacidad de disminuir el colesterol sanguíneo es mayor cuando los fitosteroles se añaden a productos lácteos que cuando están presentes en cereales o panes (44). Esto es particularmente interesante ante la reciente aparición de nuevos productos que incorporan fitosteroles, algunos como los ya citados y otros como zumos de frutas, que también presentan acción reductora del colesterol sanguíneo (45).

 

BIBLIOGRAFÍA